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sábado, 29 de marzo de 2008

Joaquín Ossorio orfebre

Navegando por internet encontré el blog de Joaquín Ossorio, orfebre al que se le encargó crear la corona que luce María Santísima en la Soledad en su salida procesional y la diadema que ha estrenado este año:



Repujada en plata de ley chapada en oro. Estilo barroco rocalla, con ráfaga peraltada con rayos biselados y flamígeros intercalados.





En el centro del resplandor una cartela con el escudo de la Hermandad, sobre ella un balaustre y arriba cruz de formas rectas con un granate engastado.



Detalle de la unión del canasto y la ráfaga.




El aro tiene cintas entrelazadas con hojas. También se aprecian otros granates engastados.

http://jossoriom.blogspot.com/2006/07/corona-de-nuestra-seora-de-la-soledad.html



Realizada en plata de ley chapada en oro, con aplicaciones de pedrería, figurando en el centro una cartela oval con el escudo de la Hermandad de plata en su color.




http://jossoriom.blogspot.com/2007/07/diadema-de-mara-santsima-en-la-soledad.html
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viernes, 21 de marzo de 2008

Semana Santa 2008

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domingo, 16 de marzo de 2008

Álbumes de Fotos de la Hermandad


Se ha creado un espacio donde compartir fotografías de nuestra hermandad.
Podemos colaborar todos, si quieres mandarnos tus fotos las colgaremos en el album correspondiente , iremos creando nuevas colecciones segun las necesidades. Nos gustaría recibir fotos de cualquier época. Como requisito nos gustaría que nos adjuntara la fecha aproximada, al menos el año! y que el tamaño fuese al menos de 1024x768 que es el tamaño con el que se suben a la web.
Álbumes: http://picasaweb.google.com/hermandad.de.la.soledad.de.ronda
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Seguidores de Jesús a través de María

Ser costalero de María es llevarla en el corazón los trescientos sesenta y cinco días que tiene el año. Para nosotros, los andaluces, pensar en Jesús es acercarnos a su madre, a nuestra madre; pensar en su mensaje es escuchar las palabras de una mujer que todo lo dio en vida, que todo lo testimonió, que en su soledad ante la muerte demostró la alegría de la resurrección.

Conocemos poco sobre el quehacer cotidiano de María y Jesús en Nazaret. Podemos suponer que era una mujer que se afanaba en sacar a su hijo adelante tras la muerte de José. Seguro que no se venció ante las dificultades que el día a día iba trayendo, en más de un momento lloraría la ausencia de su esposo José para, seguidamente llenarse del amor de Dios y del amor de su Hijo Jesús. En silencio y soledad fue rumiando las palabras que Dios ponía en su corazón, haciendo que este creciera hasta límites incalculables. Me la imagino limpiando la casa, cosiendo los rotos que Jesús llevaba, preocupada por la educación de su hijo... Pero también me la imagino en momentos difíciles donde su semblante se torna en tristeza al pensar lo que afirman los profetas sobre el Mesías, sobre la muerte y el sufrimiento. Sus enseñanzas sobre la vida, sobre el sentido de la vida que consiste en estar en comunión de Dios, dio sentido también a su sufrimiento; a la vida de Jesús quien nos enseñará que el alimento para Él es cumplir el designio de Dios y llevar a cabo su obra Un 4,34). Así el silencio de ambos sobre sus situaciones de ánimo es el signo del desprendimiento de Madre e Hijo respecto a ellos mismos; sus vidas son esencialmente su misión. María enseñó a Jesús a ser hombre de deseos impregnados de Dios, que es al mismo tiempo el hombre de la fraternidad para con todos sus hermanos.

Desde que Jesús entra en su vida pública, la perspectiva de la muerte violenta entra dentro de sus cálculos de probabilidad. Y es clara esta afirmación pues la opción por un mesianismo contra corriente de las ilusiones populares, le denuncia de la hipocresía de los líderes judíos, la amenaza de los motines públicos, contribuía para Jesús una advertencia muy clara de los riesgos que corría. Y junto a Él una madre que observa desde la distancia pues es el tiempo del Padre, que sufre y llora en silencio el final que a su Hijo le espera, pero que recibe de Dios una fuerza tan grande que es capaz de no interponerse a la voluntad divina aunque esta termine con la vida del ser mas querido: su Hijo.

Momentos amargos que llenaban la vida de María de terror, angustia, tristeza y soledad. Amargura que cegó también a Jesús. En un alarde de humanidad, presentó una rebeldía instintiva ante la inminencia de su desaparición; aunque más profundamente se sitúa ante la muerte como creyente y como profeta. Su grito a Dios es más una referencia a su misión que una llamada en su favor.

La pasión constituye para Jesús la entrada en el silencio con los hombres. Comienza entonces para Él un careo amante y doloroso con su Padre: «Abba» (papá, mamá); abandonándose en sus manos. Es Dios su único interlocutor en este momento tan difícil. Pero antes tiene unas palabras para su Madre, palabras de consuelo que puedan mitigar las lágrimas y el dolor, palabras de un hijo preocupado por lo que le pasará a su madre cuando él ya no esté en la vida, palabras que acabarán con la soledad de una mujer que será desde ese momento madre de todos y con la soledad de un amigo, discípulo que no quedará huérfano.

Si los dos ladrones eran los que estaban más cerca físicamente de Jesús, espiritualmente las dos personas más cercanas a él eran su madre y el discípulo, a quien tanto quería. María y Juan estaban allí, bien cerca; estaban allí escuchando y compartiendo; estaban allí padeciendo y compadeciendo; estaban allí, comulgando con Cristo.

Pensando humanamente, es una escena terrible que la madre asista a la ejecución de su hijo, tan dramática y tan vergonzosa; es algo que no se debiera repetir. Y, sin embargo, Dios lo permite pues sabe que el corazón de María quiere ver cumplida la voluntad de Dios, aunque le cueste el mayor sacrificio.

Encontrándose en ese momento MARÍA EN LA SOLEDAD más absoluta y recibe de la mano de su hijo una nueva familia, una humanidad nueva, el retoño que va a florecer tras la muerte, el germen de lo que sería su Iglesia.

María es la mujer que sigue dando a luz a Cristo, que sigue teniendo hijos innumerables, en medio de dolores y esperanzas. Y, así, Juan es el discípulo fiel, es el hombre creyente, es todo lo que nace del agua, de la sangre y del Espíritu. La mujer siempre tendrá hijos, por la fe. El creyente siempre tendrá una madre, por la fe. Y esta es nuestra Madre en la Soledad, que grita desde el silencio de su belleza «VENID CONMIGO, SED MIS COSTALEROS».

El mensaje de Cristo comienza aquí, tras la resurrección y la invitación a seguirle con un testimonio sincero, viviendo la fraternidad, la hermandad que enseñó a los apóstoles en vida y que nosotros desde nuestra agrupación y desde todas las agrupaciones debemos vivir.

Ser costaleros una noche es alegría e ilusión, hacerlo toda una vida, es testimonio sincero de Amor.


Daniel Ángel Harillo García.
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Cuarenta años a los pies de María Santísima en la Soledad

En aquel lejano 1960, el por entonces capataz de paso D. Cristóbal León Avilés me dijo, en la visita que cada mañana de Viernes Santo hacia con mi padre a la Iglesia de la Merced para ver a Ntra. Señora, que desde ese momento iba a ser horquillero de ella.

La alegría me desbordada yo era un chaval de catorce años que podía decir con orgullo que iba a portar en su hombro a su amada Virgen en su Soledad. Pertenezco a esta Hermandad desde su refundación, pues me hizo hermano, cuando era muy pequeño, mi tío político Juan León Avilés, uno de los primeros hermanos de la Hermandad.

Al llegar a ser horquillero conseguí mi máxima aspiración en la Hermandad, pero, con el paso del tiempo, fui elegido para desempeñar el mejor cargo que se le puede asignar a una persona que ha estado siempre en el trono; ser capataz de paso y con ello tener el honor y la suerte de ser el único hermano que durante toda la procesión va mirando la cara de Ntra. Señora.

En estos cuarenta años, han ocurrido infini­dades de anécdotas y sería interminable relatarlas to­das, desde el año que salimos un sábado a las cuatro de la tarde, hasta un año que subió un horquillero a encender una vela, el capataz no se dio cuenta, y sali­mos andando con el hermano encima del trono junto a La Virgen, o un tambor que se dormía durante la procesión, u otro que se equivocaba de recorrido, etc.

El momento de mayor emoción del Viernes Santo rondeño, es sin lugar a dudas la Salida y Entrada de nuestra Venerable Hermandad; ésta se acentúa a la entrada debido a las escaleras y a la estrechez de la puerta de la Iglesia de la Merced, sumándose a ello el cansancio natural de los horquilleros después de efectuar todo el recorrido, con el recogimiento, devoción, y amor que todos ellos muestran a nuestra titular.

En ese momento, cuando el Trono de Ntra. Señora se vuelve para mirar a quiénes allí se congregan, es ahí cuando se termina el cansancio, y al toque de la campana por el capataz, con las bengalas encendidas, algún horquillero, en ésos momentos de fervor y emoción, lanza un Viva a Nuestra Muy Querida Madre, que es coreado por todos los presentes, que parece que ayudan a subirla con el aliento y el cariño que nos dispensan, y es ahí cuando nos parece que el Trono pesa menos.

En nuestra Hermandad, tenemos la gran suerte de que casi todos los horquilleros que se van incorporando al trono son hijos o nietos de aquellos primeros horquilleros la mayoría ya desaparecidos, pero que cada Viernes Santo no faltan a la cita acompañando a su Virgen. Actualmente tenemos la tercera generación de horquilleros de las familias León, Tirado, Ruiz, Cabello, etc. De las cuales, lo fueron sus abuelos, después sus padres y ahora son sus nietos.

En otras familias se ha pasado el relevo directamente de abuelos a nietos. También hay familias con varios hermanos en el trono, como los Serrano Cordón, Ruiz Chávez, Reina, del Pino, García, Nieto, Orozco... etc. Este capataz que ha tenido el honor de salir con los abuelos y padres, ahora tiene la gran suerte de llevar en el trono a sus hijos y nietos.

Juan Orozco Canto. Capataz de Paso.
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Desde Mi Memoria

En la calle Los Vicentes, haciendo esquina con Plaza de Carmen Abela, existía en el año 1948, una casa de dos plantas. En el piso habitaban dos conocidas familias rondeñas, y en el bajo, por la plaza, estaba instalada una sastrería, por calle Los Vicentes, una carpintería en el patio y en el zaguán, a la derecha, había una habitación de pocos metros, donde se ubicó por unos años, un modestísimo taller de impresión, que fue fundado en 1945 en calle Los Remedios.

Viene este recuerdo a mi memoria, porque fue allí, en la Imprenta Ronda Gráfica, donde se forjó la Hermandad de María Santísima en la Soledad. Allí se desarrolló la idea de que el Viernes Santo rondeño, tuviese una nueva cofradía de pasión y pensaron que esta podía ser La Soledad.

Cristóbal González, los hermanos Bartolomé y Manuel Galindo, Salvador Velasco, Antonio Morales, Miguel Palma, Antonio Rosillo, Antonio Lobato, Juan García, Rafael Aguilera Rafael Tirado, y otros, fueron los artífices del proyecto.

Ni que decir tiene, la austeridad de aquéllos duros años por la total falta de me­ dios económicos. No se contaba más que con su fuerza de voluntad, que les Nevó a llamar a todas las puertas, hablar con quien pudiera intervenir ante la autoridad eclesiástica, para que la cofradía tuviese su iglesia y faltaba la Imagen y los enseres que se necesitaban y de los que no se tenía nada.

Después de la negativa de que esta Herman­dad fuese ubicada en la iglesia del Socorro -que se estaba reconstruyendo‑, tras la intervención de Antonio Lobato, se recibió la conformidad de las Carmelitas Mercedarias que fueron el pilar fundarnental de la iniciación de la Hermandad. Aportaron la iglesia y también la imagen de Ntra. Sra. de la Merced, que procesionó por las calles de Ronda, en los primeros años de vida de la cofradía.

Solucionados estos dos importantes escollos, se necesitaban: trono, túnicas cirios y demás útiles para poder hacer el desfile, hubo que pedirlos prestados. De esta forma, el Viernes Santo de 1949, a las once de la noche, bellamente exornado el trono por Pedro <> y superando por primera vez la dificultad de la escalinata de la portada de la iglesia de la Merced, se salió a desfilar, sin importarles a sus hermanos no llevar la túnica negra y el cíngulo blanco, que era el uniforme con el que a partir del siguiente año se desfilaría.

Aquélla noche, fue de mucha emotividad, se vio cumplida la gran idea; la fe, la voluntad y la tenacidad de aquellos hombres modestos, había dado su fruto, su Hermandad de María Santísima en la Soledad, lucía su paso por las calle de Ronda. A partir de este viernes, la Semana Santa rondeña, tenía una nueva cofradía de Pasión.

Por ello, en la celebración del cincuentenario, creo que es un deber y un acto de agradecimiento recordar el lugar donde se discutió hasta hacer realidad el proyecto, y a las personas que con su aportación de ideas y sacrificios, consiguieron que esta ilusión se llevase a cabo.

Juan Galindo Carrascosa
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Pensamiento Cofrade

Mi vocación cofrade se despertó a muy temprana edad, alrededor de los 10 años, surgiendo anecdóticamente como un juego de niños que consistía en salir de penitente en una procesión. Inimaginable fue para mí pensar en aquel momento, que desde entonces hasta el día de hoy, pasaría a pertenecer de un modo muy especial y sentido a mi única Hermandad, María Santísima de la Soledad, mi cofradía.

Aún recuerdo emocionado aquel día en que me fue entregada en la calle Los Vicentes por "Pedro el de las Esclavas" mi primera túnica, a partir de entonces surgió en lo más profundo de mi corazón la necesidad de acudir a la cita obligada de los Viernes Santos a las 11 de la noche, para acompañar a "mi Virgen".

A ello se unió el entusiasmo, la ilusión que casi sin querer me inculcó un vecino mío de la calle Cruz Verde donde yo nací, y que era ya entonces hermano horquillero.

Durante 6 años aproximadamente, acompañé a "mi Soledad" con la luz de un pequeño cirio, hasta que un Viernes Santo, el entonces Capataz de paso Luis Avilés, me sugirió cortar el capirote para así poder llevar a mi Titular, que era en mi interior lo que realmente deseaba.

Y así fue como con 17 años contraí el peculiar y serio compromiso de llevar sobre mis hombros a esa incomparable imagen, que ha inspirado en mi interior tantos sentimientos de honda emoción, que nunca podré describir. Desde entonces y hasta el año 1996, fui afortunado hermano horquillero, llegando incluso a ser el hermano más antiguo del paso. Hoy puedo confesar que es un peso mucho más duro de soportar el no poder cubrirme con su manto cada Viernes Santo por motivos de salud, teniendo que conformarme con acompañarla, como en un principio hacía.

Recuerdo como algo anecdótico, hace ahora 20 años, que por la inclemencia del tiempo salimos en procesión el Sábado Santo a las 4 de la tarde. Así, con el contraste de la luz del día, las calles rondeñas pudieron contemplar a una dolorosa "desconsolada" que retrasó su salida y a la que la luz del sol, de forma no habitual, compadecía en su lento caminar.

No puedo obviar en estas líneas, lo que siento por "mi Soledad", esta imagen de talla sevillana que con gran maestría realizó el imaginero D. Sebastián Santos, quien supo plasmar en ella, en esos ojos imperturbables que siempre miran al frente desconsolados, la gran tristeza que a todos nos embarga cuando nos dejamos contemplar por ellos. Y es así cada Viernes Santo, cuando asoma tímidamente por esa justa y estrecha portada de piedra de la Iglesia de la Merced, cuando los horquilleros con no poca escasez de dificultades y esfuerzos la bajan por las escalinatas, con tanto mimo y esmero, que el silencio que ella misma representa, queda roto por la presencia y el apoyo de innumerables rondeños que la aguardan expectantes y pacientes. Y a partir de ahí, comienza su lento y acompasado caminar, a través de una multitud callada y silenciosa, ante el dolor de sus lágrimas y el sordo sonido de un tambor que remata la sobriedad tan característica de ésta, de mi Hermandad.

Una Hermandad que, en mi opinión, ha experimentado al cabo de los años una evolución tanto cristiana como cofrade, latente no sólo el día en que culmina nuestra permanente labor, sino a lo largo de todo un año repleto de actos y celebraciones, encaminados a enriquecer el espíritu cristiano que debe guiar lo fines de nuestra Hermandad y que realzan la figura de nuestra Titular. La celebración de éste cincuentenario es prueba manifiesta de lo dicho, lo cual es más que loable.

Quiero en este punto hacer un alto en el camino, no por ello desmereciendo la labor de tantos y tantos hermanos para recordar en especial a uno de ellos, Antonio Cabello, que fue hermano de fila, de paso, fiscal, capataz de paso y por último Hermano Mayor y que con la ayuda de su junta, supo introducir nuevos y prometedores proyectos en la Hermandad, que tras unos años se han hecho realidad e incluso han sido superados por el actual Hermano mayor, Manuel Gazaba Gil, que sigue actualmente en el empeño de conseguir, con la ayuda incondicional de todos los hermanos, el máximo esplendor para nuestra Titular.

Entre mis líneas, no cabe olvidar la labor callada que realizan en esta Hermandad las Hermanas Carmelitas, quienes desde siempre nos han brindado su apoyo incondicional para todo lo que hiciera falta. Por ello y desde aquí, les doy sinceramente las gracias.

Para terminar en mi esfera personal, tengo que decir que estoy orgulloso de que ese sentimiento cofrade que poseo, se haya ido transmitiendo de una generación a otra, lo que en mi caso puedo decir que ya va por la tercera generación con mis hijos, y que ojalá continúe.

Por ello, animo a la junta de Gobierno a que fomente entre la juventud cofrade, todos aquellos valores que nos movieron a nosotros a trabajar por la Hermandad y por María Santísima en la Soledad.


Juan del Pino Terroba.
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Testimonio de Fiscal

Con este sencillo artículo sólo pretendo rendir un pequeño y sincero agradecimiento a todas aquellas personas que han prestado su ayuda para que mi labor como fiscal, durante esta etapa, fuera de una manera más fácil, contribuyendo a que esta Hermandad pudiera salir en su desfile procesional de la forma más digna y honrosa posible.

También me gustaría contar de una forma breve cuales han sido mis experiencias en los distintos años. Recuerdo que el primer año, la noche del desfile, cuando estaba en la Iglesia y me encontré con todos los nazarenos, fue un momento muy emotivo cuando me dirigí por primera vez a los penitentes. Después, durante el desfile procesional, me di verdadera cuenta de la importancia que tenía el recorrido penitencial, cuando hubo que afrontar las primeras vicisitudes.

Otro de los hechos que recuerdo con más cariño, es el apoyo y las ganas de colaborar que la juventud de esta Hermandad siempre ha demostrado. Una de las pretensiones que siempre he tenido era la de ilusionar a la juventud para que en un futuro no muy lejano ellos continúen la labor que nosotros hacemos. Mi recompensa ha sido, poder ver como la mayoría de ellos estaban conmigo sólo unos años porque rápidamente pasaban a ser hermanos horquilleros, cosa que por un lado me llenaba de satisfacción, por ver que sentían a nuestra Virgen y que por otro, egoístamente, me abandonaban unos tras otros, teniendo que reorganizarlo todo año tras año.

Una de las experiencias más tristes por la que tuve que pasar fue en el año 1996 cuando, debido a la lluvia, no pudimos realizar el acto penitencial por las calles de Ronda. Especialmente duro fue el tener que dirigirme a los nazarenos para comunicarles tan difícil decisión, dándome realmente cuenta de lo que significa para ellos esta Hermandad. A este hecho se le unía la gran ilusión que todos teníamos por mostrar a nuestra Titular la nueva Casa de Hermandad por la que tanto se había luchado, y que tuvo que esperar un año más.

Ya para despedirme, sólo quiero agradecerle a todas las personas, que de una o de otra manera me han ayudado, y que no voy a nombrar porque seguro que se me olvidará alguien y no es esa mi intención, les deseo la mayor de las suertes a mí sucesor, y aunque no haga falta decirlo, comunicarle que cuenta con todo mi apoyo. Sólo me cabe pedir a aquellos que me ayudaron, que lo sigan haciendo con toda la ilusión con la que me ayudaron a mí.

Gracias.

José Luis García Orozco
Fiscal desde 1989 hasta 1997
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